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EFECTIVIDAD DE LA ALTA DIRECCIÓN PÚBLICA EN CHILE PARA LOGRAR LOS OBJETIVOS DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS Y CONTRIBUIR A MINIMIZAR LAS BRECHAS SOCIALES

Primer plano de la moneda
22 septiembre 2026

Por Mg. Salvador Aparicio Matamala

La Alta Dirección Pública (ADP) constituye uno de los componentes más relevantes del proceso de modernización del Estado chileno. Su propósito es incorporar a las instituciones públicas directivos seleccionados mediante procedimientos competitivos, transparentes y basados en el mérito, con capacidades y competencias de gestión y liderazgo suficientes para ejecutar eficazmente las políticas definidas por la autoridad.

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La efectividad de la ADP, no debe evaluarse por las competencias de quienes la componen o por la cantidad de concursos o nombramientos realizados. Su verdadero resultado se expresa en la capacidad de los directivos para transformar objetivos gubernamentales en servicios oportunos, accesibles y de calidad para las personas. Según información pública del Servicio Civil de Chile, en el año 2024 se efectuaron 515 convocatorias de Alta Dirección Pública, se recibieron más de 71.000 postulaciones y se concretaron 411 nombramientos. Estas cifras muestran una elevada actividad del sistema y una importante capacidad para atraer postulantes. El desafío siguiente consiste en vincular cada vez más la selección directiva con resultados y efectos verificables en la gestión institucional y, especialmente, con mejoras percibidas por la ciudadanía.

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En este sentido, la dirección estratégica es fundamental. Un alto directivo público debe comprender el mandato legal de su institución, interpretar el entorno social, económico y territorial, identificar riesgos y oportunidades, establecer prioridades y movilizar los recursos humanos, patrimoniales y financieros hacia objetivos medibles. La planificación estratégica no puede limitarse a la elaboración formal de planes, debe convertirse en un proceso permanente de toma de decisiones. Esto supone definir indicadores, revisar avances, corregir desviaciones, prever variables no controladas y coordinar unidades que muchas veces operan de manera fragmentada. La calidad del liderazgo directivo se observa precisamente cuando la estrategia logra traducirse en mejores prestaciones y no permanece únicamente en documentos institucionales.

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Esta perspectiva adquiere especial importancia cuando se relaciona la gestión pública con las brechas sociales. Las desigualdades no dependen exclusivamente de la disponibilidad de recursos, sino también de la capacidad del Estado para estar presentes, y para identificar correctamente las necesidades, focalizar sus intervenciones, coordinar políticas y garantizar que los beneficios lleguen oportunamente a todos los rincones del país. Las brechas existentes pueden manifestarse en ingresos, educación, salud, vivienda, empleo, conectividad, acceso digital, territorio o calidad de los servicios.

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Un Servicio Público efectivo debe analizar no solo cuánto ejecuta, sino también a quién beneficia, dónde se producen problemas y qué grupos enfrentan mayores dificultades de acceso.

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La relación entre calidad de la gestión y cohesión social también aparece en la evidencia internacional. La OCDE por ejemplo, informó en 2023, que el 24% de las personas en Chile declaraba confianza alta o moderadamente alta en el Servicio Civil nacional, mientras que el promedio de la OCDE alcanzaba 45%. Asimismo, el 51% de las personas se manifestaba satisfecha con los servicios administrativos públicos utilizados, frente a un promedio OCDE de 66%. Estos resultados sugieren que existe un espacio considerable para mejorar la experiencia cotidiana de la ciudadanía frente al Estado. La propia OCDE destaca como factores relevantes la capacidad de respuesta, la confiabilidad, la equidad, la integridad y la apertura de las instituciones.

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Desde esta mirada, la ADP puede actuar como un puente entre la política pública y la realidad social. Un directivo competente debe preguntarse permanentemente si los procesos internos de su Servicio contribuyen realmente al objetivo público perseguido y debe estar atento a corregir las desviaciones que existan. Por ejemplo, disminuir el tiempo de espera de un trámite en algún servicio público, puede beneficiar especialmente a quienes viven lejos de los centros administrativos, simplificar un procedimiento digital puede reducir barreras de acceso, compartir información entre instituciones puede evitar que una familia deba entregar repetidamente los mismos antecedentes, y utilizar datos territoriales puede permitir que los recursos lleguen antes a las comunas con mayores necesidades. Pequeñas mejoras de gestión, cuando se aplican a gran escala, pueden producir impactos sociales relevantes.

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Para alcanzar estos resultados, el Empowerment constituye una herramienta útil de gestión. Un Servicio Público no puede depender de que todas las decisiones sean adoptadas por su máxima autoridad. La delegación responsable, acompañada de objetivos claros, competencias adecuadas y mecanismos de control efectivos y serios, permite que equipos y jefaturas intermedias respondan con mayor rapidez a los problemas. Empoderar no significa perder control, sino distribuir capacidad de decisión allí donde existe experiencia e información para actuar. Un funcionario que comprende el propósito de su tarea y dispone de márgenes razonables para resolver situaciones puede contribuir más eficazmente al cumplimiento de los objetivos institucionales y a una atención ciudadana de mayor calidad.

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A ello debe agregarse una visión de la Ingeniería de Sistemas. Los problemas públicos son crecientemente complejos y rara vez pertenecen a una sola institución. Una brecha social puede relacionar simultáneamente educación, salud, empleo, transporte, seguridad, vivienda y protección social. Desde una visión sistémica, cada Servicio es un componente de una red mayor y sus resultados dependen de la interacción con otros organismos. El alto directivo necesita reconocer interdependencias, evitar duplicidades, compartir información y diseñar soluciones considerando efectos sobre el conjunto. Esta lógica permite pasar de una administración centrada exclusivamente en procedimientos internos hacia una gestión orientada a resolver problemas concretos de los ciudadanos y con ello contribuir al desarrollo social y mejor calidad de vida.

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La efectividad de la ADP debería, por tanto, observarse mediante una cadena simple: (1) selección por mérito, (2) liderazgo estratégico, (3) gestión eficiente, (4) coordinación institucional, (5) mejor servicio y (6) mayor valor público. Si alguno de estos eslabones falla, el efecto social disminuye. Un excelente proceso de selección no garantiza por sí mismo resultados si el directivo carece de herramientas, equipos competentes, información o continuidad suficiente. Del mismo modo, una elevada ejecución presupuestaria no necesariamente representa éxito si no se traduce en resultados relevantes para la población. El foco debe desplazarse progresivamente desde el cumplimiento administrativo hacia el impacto y efecto positivo de los resultados en la sociedad.

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Para fortalecer esta orientación pueden considerarse cuatro líneas de acción, primero, establecer convenios de desempeño con pocos indicadores estratégicos y comprensibles, relacionados con resultados ciudadanos y no solamente con actividades internas. Segundo, fortalecer el uso de datos para detectar brechas territoriales y sociales antes de asignar recursos. Tercero, promover mecanismos permanentes de coordinación entre Servicios cuando un problema requiera respuestas multisectoriales. Cuarto, incorporar sistemáticamente la opinión de usuarios y funcionarios en el rediseño de procesos. Estas medidas permitirían que la dirección estratégica se conecte de manera más directa con las necesidades reales de la población.

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También resulta necesario proteger los principios que dieron origen al sistema de ADP: mérito, transparencia e idoneidad. La legitimidad de la ADP depende de que la ciudadanía perciba que quienes dirigen los Servicios poseen las competencias requeridas y que los procesos de selección ofrecen garantías suficientes. Mantener y perfeccionar estos principios contribuye no solo a la calidad de la administración, sino también a generar confianza en instituciones que deben tomar decisiones complejas y administrar recursos públicos.

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En conclusión, la Alta Dirección Pública puede desempeñar un papel decisivo en la reducción de brechas sociales, aunque su contribución es principalmente indirecta, no reemplaza las políticas sociales ni determina por sí sola sus recursos, pero sí puede aumentar significativamente la capacidad del Estado para implementarlas con oportunidad, eficiencia, coordinación y equidad. La profesionalización directiva debe entenderse como una inversión en capacidad estatal. Un Estado que selecciona buenos líderes, planifica estratégicamente, empodera a sus equipos, integra sus sistemas y mide resultados desde la perspectiva ciudadana, posee mejores condiciones para transformar políticas públicas en bienestar social efectivo.

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El desafío para Chile es avanzar hacia una Alta Dirección Pública cuyo éxito no se mida únicamente por concursos realizados, presupuestos ejecutados o metas administrativas cumplidas, sino por su capacidad para producir cambios observables en la vida de las personas y que esos cambios sean sinónimos de bienestar, calidad y dignidad. Cuando un Servicio reduce tiempos de espera, llega a territorios históricamente postergados, simplifica el acceso a beneficios, utiliza mejor sus recursos y coordina sus acciones con otras instituciones, la dirección pública adquiere sentido social. En esa perspectiva, disminuir las brechas existentes exige combinar buenas políticas con una gestión pública de excelencia: una Alta Dirección capaz de convertir la estrategia del Estado en resultados concretos, medibles y equitativos para toda la sociedad que habita en el territorio nacional.

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